“Periquismo”, de Marcos Pereda. La mejor forma de entender un fenómeno único

Es viernes. El primero de noviembre. En la antesala de la noche, la vida transcurre, bulliciosa, en el centro de Madrid. La ciudad que nunca duerme. Que jamás descansa. Testigos sus calles del presuroso caminar de los viandantes, y de la actividad imparable de los bares de la zona, en que el murmullo creciente pronto se transformará en ruido. Ajena a todo ello se erige en pleno corazón de Malasaña una particular librería. No es una mera tienda de libros. Es aquel un lugar singular, que rezuma carácter, el del popular barrio madrileño; que invita al diálogo, a la cultura, al encuentro.

Al fondo del local, un tramo descendente de escaleras conduce a un espacio angosto, íntimo. Las sillas, insuficientes, se suceden ordenadas, muy juntas, frente a Marcos Pereda. Escritor, profesor. Llegado de Torrelavega, oriundo del mismo valle que vio nacer a Óscar Freire y Vicente Trueba. Sabe bien el cántabro escoger sus compañías. Durante la presentación de su nuevo libro, Carlos Arribas y Guille Ortiz le respaldan. Gregarios de lujo que aúnan  cultura deportiva y agilidad de palabra.

Así, bajo el suelo madrileño, comienza la velada. Y Marcos Pereda nos invita a través de su obra a un singular viaje en el tiempo. A la comprensión de una década especial, la del despertar de una nueva España. La de la locura colectiva ante la genialidad, personal y ciclística, del último -quizá- gran ídolo. Del hilo conductor de 263 páginas evocadoras, que describen desde un nuevo prisma el fenómeno que rodeó, aún rodea, al segoviano más universal.

Un corredor sobrado de carisma que se ganó a pulso el corazón de un país adolescente. Protagonista de ese apasionante viaje a los 80, de ese cuidadoso relato que el autor denomina “Periquismo”. Y que no es sólo un libro de ciclismo. Ya lo avisa el título. Es también, -o tal vez, sobre todo sea-, la crónica de una pasión.

Quizás casualidad, acaso intencionada sutileza, el principio de la historia nos acerca a otro comienzo; al del Tour del 89, allá en Luxemburgo. A una breve etapa cronometrada, de esas que llaman prólogo. De todo lo que sucedería en aquella Grande Boucle, iba a ser ese primer episodio el que marcase el devenir de una carrera inolvidable. De un fenómeno único. 

Y es esa rampa vacía, aguardando la llegada de un Perico ajeno a su despiste, son esos 2 minutos 40 segundos de confusión, de preguntas sin respuesta y de alientos contenidos, los que sirven a Marcos Pereda para trasladarnos al corazón del Periquismo. Aquel esperpéntico domingo de julio, el segoviano, campeón del Tour del 88, tomaba la salida vestido de amarillo. Nadie imaginaba, aún, que iba a ser la última vez que Perico portara tal prenda.

A continuación, locura. Sangre. Invierno. Niebla. Y lágrimas. Cinco imágenes, cinco momentos que el autor selecciona para sumergirnos en los primeros años de la trayectoria de Delgado. Su irrupción, por ejemplo, en el Tour del 83; aquél en que se erigió en promesa, mientras Fignon se proclamaba dueño de las carreteras francesas. O la Vuelta del 85, cuyo novelesco desenlace transformó la victoria de un hombre en el triunfo de una nación.

Tras el destello, el Tour del 87. El duelo con Roche. La subida a La Plagne. Ese “morir más que el de al lado”, que, relata Marcos Pereda, es en lo que se convirtió esa edición, tan larga y agónica, de la Grande Boucle.

Ya en 1988, la ascensión, el dominio. Perico reinando en París. Un punto y aparte en las páginas del ciclismo español. Y de nuevo, el 89. Esa rampa vacía, aquel banquero contrariado. Esos 2 minutos y 40 segundos insólitos, eternos… más todo lo que vino después: Pedro Delgado dominando un Tour que no ganó. La locura colectiva. El Periquismo en su máxima expresión. El éxtasis.

Más de 3.000 kilómetros resumidos en los 8 segundos más crueles de la carrera de Laurent Fignon. Los más felices para Greg Lemond, que con su victoria alejaba los fantasmas de aquel accidente de caza, de aquellos perdigonazos que tiempo atrás habían hecho temer por su vida.

Después, nostalgia, pues el campeón segoviano nunca volvería a ocupar el primer peldaño del Tour. Tampoco de la Vuelta, mas su figura ya había trascendido. Pedro Delgado no era sólo un deportista admirado. Se había transformado en un icono, en la última imagen de una época y de un país que, al igual que el ciclismo, estaba cambiando para siempre.

Sucesión. Impotencia. Delirio. Son algunas de las seis imágenes, de los seis momentos de los últimos años de Perico en que nos sumerge Marcos Pereda para terminar de cerrar un relato redondo. Un libro de cuidada prosa y ágil lectura que engancha desde sus primeras líneas. Donde el ciclismo es importante, mas también lo es el contexto, la Historia. Cerca de 300 páginas ricas en simbolismo, que descubren en las hazañas de siempre conexiones hasta ahora escondidas. Y que nos invita a emocionarnos, a sonreír, a estremecernos; a  dibujar en nuestra mente nuevos recuerdos, a volver a perfilar aquellos ya deslavazados.

Todo ello con Pedro Delgado como protagonista. Un ciclista, cita el autor, ajeno al control de la modernidad. Diferente. Recordado por sus triunfos  y también por sus fracasos… mas “las derrotas se tornan victorias cuando son más recordadas que las victorias mismas. Porque a la épica no le agradan los invencibles. Prefiere a los hombres”.

Y Perico, el ciclista arrollador, fue también, sin duda, un imperfecto, singular e irrepetible ser humano.


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Imagen destacada:  cuenta twitter Marcos Pereda

Sprint Final, Virginia Barriuso (@Vicki_BT)

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