Alejandro Valverde, oro a la paciencia

Viernes 28 de septiembre. 8:15 de la mañana. Restan diez minutos para que se inicie el embarque del vuelo IB3190 con destino Múnich. Juan Carlos Escámez, masajista y hombre de confianza de Alejandro Valverde, se aproxima a la fila de pasajeros que aguardan la apertura del embarque. Todo en orden. Hoy sí. En apenas 48 horas se inicia la carrera más esperada de la temporada, y el combinado nacional se encuentra aún en Barajas, a cientos de kilómetros del Tirol austriaco. Afectados por una de las tantas incidencias que las compañías aéreas protagonizan día tras día.  Paciencia. No queda otra. Todo es cuestión de paciencia.

Tal vez eso piense el Bala, quien aun hastiado por las complicaciones del viaje no pierde la sonrisa. 15 años lleva esperando su oportunidad. La del oro. 15 años desde aquella plata que nos levantó del sofá, segundos después de la victoria de Igor Astarloa. Tiene ante sí la que posiblemente sea su última ocasión de ganar un Mundial. Cinco preseas más han colgado de su cuello desde su debut en Hamilton. Seis en total. Lo que nadie. Acaso porque nadie es como él. Tan versátil. Tan talentoso. Tan longevo. Tan único.

Amanece soleado el domingo. “Una suerte”, cuenta Freire. “Hace no tanto estaba nevando por aquí. Y en un día de agua la bajada del circuito se hubiera vuelto muy peligrosa”. La lluvia no llegará hasta el día siguiente. No habrá agua. Pero sí nervios. Inquietud, y también una ilusión prudente. Puede ser el año, ¿y si…? Mas muchos callamos nuestro deseo, esa ambición latente que tememos repetir en alto, como si ello pudiera truncar nuestro sueño.

“Será una carrera de guardar fuerzas, de correr cuando haya que correr”, vaticinaban los nuestros. Dicho y hecho. Comienza el Mundial, y la selección rueda cómoda en la parte trasera del pelotón mientras la fuga abre camino. Será así hasta que llegue la fase decisiva: la de tener la carrera bajo control, la de meterse en los cortes, la de permanecer junto al líder. Es entonces cuando empieza la exhibición del combinado nacional, la sincronía perfecta de un grupo de jóvenes que días antes partieron hacia Sierra Nevada con ciertos reparos y que acabaron encontrando allí el descanso y la armonía necesaria para triunfar en Innsbruck.

Jonathan Castroviejo, Jesús Herrada, Omar Fraile, Enric Mas, Mikel Nieve, Ion Izaguirre, David de la Cruz. Todos para uno. Todos con y para Alejandro Valverde. El murciano, paciente, aguarda, espera. Cuando se inicia la subida al temido Gramartboden, Alejandro se ve bien. Tan bien que sabe que puede ganar. Que puede ser, al fin, campeón del mundo. E intenta desechar ese pensamiento, no quiere que la idea le atenace, que la presión lo bloquee.

A escasos kilómetros del infernal muro, la zona de meta es un hervidero de aficionados expectantes. Muchos seguidores hace tiempo que arrinconaron sus emociones y esperanzas patrias. Otros, como los holandeses, respiran con alivio cuando llega Tom Dumoulin al grupo de cabeza; donde Valverde, Bardet y Woods parecían poco antes los únicos aspirantes a medalla.Faltan poco más de 20 minutos para las 5 de la tarde y las pantallas gigantes muestran ya la recta de meta. Los tres corredores que acompañan a Alejandro intuyen su mala suerte.

El murciano encabeza el grupo, y con su sola mirada aplaca cualquier amago de ataque. Mide su distancia. Se lo hemos visto hacer muchas veces… tantas, que soñamos, aún prudentes, con un desenlace feliz para su pronta arrancada. 100 metros, 50 metros, 10 metros. Lo tiene. La bici del Bala atraviesa en posición cabecera la línea de llegada. El público estalla. Alejandro llora de emoción, y su emoción se convierte en ese momento en la de muchos aficionados de toda España.

Mientras en el podio está sonando el himno nacional, el autobús de Movistar que aguarda la llegada del campeón se convierte en una fiesta. Cuando aparece Javier Mínguez es recibido bajo cánticos de “Luis Aragonés”, consigna improvisada. Es uno de los hombres más aclamados del día. Pero el más esperado, el más buscado, el que porta el maillot arcoiris aún tardará en llegar. Son cerca de las siete de la tarde cuando hace su aparición Alejandro Valverde.

El resto de corredores baja en ese momento del autobús para arropar a quien un día fuera su ídolo de la adolescencia; hoy líder, campeón del mundo, y ante todo compañero. Son todo felicitaciones, sonrisas, manteos. Su sonrisa tímida y su mirada brillante delatan cariño y agradecimientos sinceros. Acaso recuerde ahora que hubo un tiempo en que fue él, Alejandro Valverde, quien se abrazaba a Igor Astarloa u Óscar Freire tras ayudarles a cumplir su sueño.

Este domingo son innumerables los rostros que desbordan felicidad. Jornada de grandes emociones entre quienes hace años convertimos en propio el mayor de sus deseos. En Innsbruck se ha hecho justicia. Merecía Alejandro el oro, por su humanidad, por su calidad, por su ilimitada entrega. Don Alejandro Valverde Belmonte ya es campeón del mundo. El Bala ha visto premiada, al fin, su ejemplar paciencia.

Imagen destacada: Bettini Photo

Sprint Final. Virginia Barriuso (@Vicki_BT).

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