Alejandro Valverde, las 37 primaveras de un ciclista de leyenda

Hace hoy 37 años, el talento más puro adoptaba forma de ciclista. Nacía en Las Lumbreras, Murcia, un deportista incombustible, incomparable; un genio llamado Alejandro Valverde.

Ilusionado. Con la sonrisa permanente de quien se siente a gusto, feliz; así se ve al Bala cada vez que se coloca el dorsal. Porque el ciclismo es su vida, su razón de ser. Lo denota su mirada, el brillo de unos ojos que son el espejo de la enorme pasión que siente por la bici.
Muchos comparten esa pasión, mas su talento es único. Natural, auténtico. Tiene un don, de esos que tantos ansían y sólo unos pocos poseen. Un don que ha convertido su palmarés en el de un ciclista récord, un ciclista de leyenda.

Cuando los últimos compases del invierno preceden el inicio de una nueva temporada, nos asaltan las dudas; acechan las sospechas de que, tal vez, llegue ya la hora de su ocaso; de que la pasada campaña haya podido ser, quizá, su última en el más alto nivel.
Y entonces llega el momento de echar a rodar, de volver a competir. En ese instante, las dudas se disipan, y Alejandro nos enseña, un año más, que nuestros temores son infundados; y nos dice que no nos preocupemos: que él sigue ahí, siendo el de siempre. Incluso mejor.

Para demostrarlo, nos regala una exhibición en su tierra, Murcia, rodando 70 kilómetros en solitario, con un viento en contra que no le frena; que le da alas, que le aúpa a la victoria número 98 de su carrera.

Con la tranquilidad de saberse el más fuerte, brilla de nuevo en Andalucía, y apenas iniciada la ronda, decide sumar un triunfo más. Lo decide él, pues cuando está así, en modo ganador, sabe que ni la gran calidad ni la mayor juventud de sus oponentes le pueden impedir la victoria. Para qué esperar, si sigue siendo el mejor, si hay llegadas en las que sigue sin tener rival…

Pero Valverde no está solo en su reconquista a Andalucía. Ronda allí otro fenómeno, un guerrillero incansable de apellido Contador. Y menudos como son ambos, se vuelven gigantes sobre sus bicis; no hay escenario pequeño para ellos: cualquier tramo de asfalto se presta para la batalla. Así, llegada la última jornada, un suspiro, tan solo un segundo, les separa en la clasificación general. Mas no hay terreno para la sorpresa. Y mientras el pelotón serpentea por las calles de Coín, Alejandro Valverde se sabe ganador, una vez más, de su carrera fetiche… una de tantas.
Era 19 de febrero. Acababa de vencer su quinta Ruta del Sol. Acababa de fraguar, también, su victoria número cien. Cifra reservada para los reyes de la velocidad. Boonen, Cavendish, Greipel… Y el Bala. Que no es sprinter, que es único, que todo lo abarca.
Con el regreso de la primavera, comenzaba la Volta a Catalunya y volvía Alejandro a la competición, su hábitat. Líder efímero tras la crono por equipos, una cuestionable sanción a su escuadra le desposeía de su ventaja. Pero entonces llegó el final en la Molina, de esos explosivos, en los que tan bien se desenvuelve. Y se supieron vencidos todos, nada que hacer contra el Bala. Por él, por su equipo, por la rabia contenida, llegaba allí su cuarto éxito de la temporada.
Dos días después, se disputaba la etapa reina, con final en Lo Port. Y de nuevo alzaba los brazos, arrollando; recuperando sobre el asfalto el liderato perdido en los despachos. Pues discreto fuera de ella, es sobre la carretera donde Valverde manifiesta sus proclamas. Con pedaladas y triunfos primando sobre discursos y palabras. Como ese “¡Toma!” que exclamó al ganar en Montjuic la última de las etapas. Sin rival. Otra Volta era suya. Victoria aplastante, impecable; marca de la casa.

Tras triunfar en Murcia, Andalucía y Cataluña, la Vuelta al País Vasco se convertía en su siguiente parada…. y en su siguiente éxito: consiguiendo la victoria en Arrate; entrando primero en ese curveo que siempre acaba en premio para el que enfila en posición cabecera los últimos metros, los que conducen a la línea de llegada. Siempre, o casi siempre… pues ya hace un lustro, en una Vuelta a España, ni encarar el final en Arrate por detrás de Purito le impidió el éxito al Bala.
Con la general igualada, todo el suspense de la Itzulia se concentró en la contrarreloj de la última jornada. Y volvió a emerger el Valverde más solvente. El que tras una gran crono se alzaba con su primera Vuelta al País Vasco; con una txapela que había estado muchas veces a su alcance, pero que nunca lograba. Una de sus cuentas pendientes quedaba al fin saldada.
Poco después, llegaba la hora de afrontar su primer gran objetivo de la temporada. De los que marca en su calendario desde 2006, cuando, tras su primer doblete Flecha – Lieja, se erigió en rey de las Árdenas.
En esta región belga poblada de colinas, lleva el Bala imponiendo su dominio desde hace más de una década. Mucho tiempo atrás, los mismos bosques que rezuman aroma a ciclismo cada primavera, fueron testigos de una cruenta contienda. Llegado el desenlace de la Flecha-Valona,  tal vez sea así como se sientan los cilcistas, como quien se encamina a una dolorosa afrenta. No sólo por las pendientes imposibles del muro de Huy. Sino porque se saben de antemano derrotados en cuanto ven a Valverde en cabeza. Y es que no hay ningún otro con tantas victorias allí como el de Las Lumbreras.

La quinta llegaba este año. Por detrás del murciano, un mundo; un pelotón disperso, humillado. Ajeno a ello, Alejandro, pletórico, dibujaba en el aire una flecha. Y su masajista, Escámez, le aupaba hacia al cielo tras cruzar la meta. Porque tal vez allí esté su sitio. En lo más alto, en el Olimpo de los dioses; acaso no sea humana su naturaleza….

Cuatro días después, una sola idea le rondaba al Bala. La de ganar su cuarto Monumento, su cuarta Lieja. Mas no por él, sino por Michele Scarponi, el corredor italiano de perenne sonrisa fallecido el día antes de la carrera.
Ans, la cota que clausura los casi 260 kilómetros de la Decana, ejerció nuevamente de juez y testigo de un final inevitable, de una victoria anunciada. La de un Alejandro en racha, que se convertía en el único corredor en la historia capaz de conseguir tres veces el díptico Flecha-Lieja. La de un Valverde imparable y certero, logrando la gloria a una edad nunca vista en la más clásica de las clásicas. Y lo lograba conmovido, emocionado, entre lágrimas. Mirando al cielo, buscando entre las nubes, quizás, la sonrisa cómplice de su amigo Scarpa.
Así, ganándolo casi todo, y tras su victoria en la última de las clásicas de la primavera, cerraba Valverde su mejor inicio de temporada.
Y es que, a sus 37 años, Alejandro sigue honrando el sobrenombre del Imbatido; aquel que se ganó siendo niño, cuando su presencia en las carreras relegaba las aspiraciones de los demás a la esperanza de ser segundos. Así un año, y otro, y un tercero, pues tres fueron los cursos consecutivos en que Alejandro compitió sin conocer la derrota.
Aquel chiquillo bromista, de rostro risueño y aspecto regordete nunca fue uno más, no sobre su bici de carreras. Pronto dieron cuenta de ello en el Club Ciclista Puente Tocinos, en que se inscribió con nueve años; apenas acababa de estrenar la bicicleta que le habían regalado sus padres cuando acabó segundo en su primera carrera con el club. Pocos días después, ganó. Llegó la siguiente competición y la victoria también fue suya. Así se sucedieron medio centenar de triunfos consecutivos, para frustración y desesperación del resto de niños…. y de padres. Alejandro corría como todos. Ganaba y deslumbraba como ninguno. Se estaba forjando una estrella; la leyenda del Imbatido.
No lo tardó en ver Manolo López. Carpintero de profesión, el General -como muchos le llamaban-, era también director del equipo Azulejos J. Ramos en que Valverde militó en su adolescencia. Siete años mayor que él, Mariano Rojas era en esa época el ciclista de referencia en Murcia. Antes de correr como profesional en el extinto ONCE, Manolo López había sido uno de sus mentores, de sus padres deportivos. El vínculo entre ambos era fuerte, tanto que Mariano se prestaba voluntarioso a compartir entrenos con los chicos de Manolo, con la generación que un día habría de sustituirle. Fue entonces cuando conoció a Alejandro.
En un entrenamiento con Rojas, una estela de chavales intentaban, al límite de sus fuerzas, no soltarse de la rueda del de Cieza. Por ahí rondaba también Valverde, que le seguía sin problema y le atacaba con osadía por el circuito del Pantano de Santomera. Rojas quedó sorprendido. Cautivado con la clase y el desparpajo de quien tiempo después se convertiría en inseparable compañero y amigo de su hermano pequeño, José Joaquín.
El destino quiso que Mariano nunca pudiera ver cómo ambos seguían sus pasos hasta convertirse en profesionales. Un trágico accidente de tráfico camino a un campeonato de España le arrebató la vida. Tenía sólo 23 años. Tenía también quien recogiera su testigo.
Y es que por aquel entonces, Alejandro era ya la más brillante promesa del ciclismo murciano. Numerosos campeonatos regionales, varias medallas en los campeonatos junior de España, los éxitos cosechados en el velódromo… El ciclismo era su hábitat natural; pronto sería su medio de vida.

Aún no había cumplido los 19 años cuando recaló por una temporada en el Banesto amateur de Alfonso Galilea, vivero de la estructura de Echávarri a la que tiempo después terminaría regresando. Allí coincidió con corredores como Zandio, Menchov, o Rubén Plaza, prolífica generación, ya diezmada por el paso del tiempo.

Mas no sería en Pamplona, sino en Alicante, más cerca de su Murcia natal, donde Alejandro vio la oportunidad de seguir forjándose como ciclista. Paco Moya, director del Kelme aficionados, ya le seguía la pista. Y es que ese chico tenía algo especial… un cañonazo, así se refería al murciano. Por ello no dudó en convencer a Pepe Quiles, patrón del equipo, para contratar a tan prometedor corredor.
“Les presento a Alejandro Valverde, futura figura mundial”. Así, en uno de los hoteles que se erigen como fortalezas del Mediterráneo junto al puerto de Alicante, presentaba el pequeño de los Quiles a su nuevo fichaje. Poco tardó Valverde en conseguir nuevas victorias. Copa de España, campeón nacional, bronce en los Juegos del Mediterráneo… Distintos colores, mismo instinto ganador.

Y tras dos temporadas en aficionados, llegó al fin 2002. La hora de la verdad. De demostrar, con apenas 22 años, si valía para ser profesional.
Su palmarés quedó en blanco en el primer año de incursión en la élite del ciclismo mundial. El Imbatido no era más que un joven aprendiz entre aquellos ciclistas ya curtidos. Corredores cuya mera presencia sofocaba cualquier atisbo de aventura, cualquier anhelo de victoria. Por poco tiempo…
Un año más tarde, el joven murciano ya era conocido y respetado por todo el pelotón. Bajo las órdenes de Vicente Belda, se convirtió en el ciclista revelación: nueve victorias, tercero en la Vuelta a España y subcampeón del mundo en Hamilton. Y es que Alejandro inició el 2003 con hambre de triunfo. El primero no tardó en caer, pues suya fue la clasificación general de la Challenge de Mallorca. Dos meses después, levantaba los brazos en la prestigiosa Vuelta al País Vasco. El principio de su consagración. La primera muesca – oficial- de su centenaria colección.

Alejandro Valverde acababa de iniciar una racha ganadora que quince años después sigue perpetuando; sin oponente que lo impida… sin que ni siquiera el tiempo, silencioso rival, pueda detenerle.
Una Vuelta a España, podio en Tour y Giro, cinco Flecha-Valona, cuatro Liejas, dos Clásicas de San Sebastián, dos Dauphiné Libéré, cuatro veces número 1 del mundo, tres campeonatos nacionales, dos Volta a Catalunya, cinco vueltas a Andalucía, seis medallas en mundiales, una Itzulia; un total de catorce parciales y ocho podios en grandes vueltas -tantos como los logrados por Perico Delgado, y sólo uno menos que los conseguidos por el inigualable Miguel. En resumen, un particular libro de ruta de más de 140.000 kilómetros, jalonado con 108 triunfos: 19 vueltas, 23 carreras de un día y 66 etapas.

Es la síntesis de un palmarés tan heterogéneo como único. Tan particular como admirable.  Y es que citar los logros de Valverde sobre el asfalto es repasar el calendario ciclista casi al completo; viajar por los cuatro puntos cardinales; recorrer la primavera y el otoño, el invierno y el verano. Año tras año.
Allá donde esté él, habrá miradas furtivas vigilando su rueda trasera, pues en todos los terrenos es temido el Bala. En todos ha vencido: ganando sprints masivos aun sin ser velocista; superando en las grandes rondas a los más especializados vueltómanos; batiendo en las montañas a los mejores escaladores; venciendo también contra el crono; imponiendo su ley en las clásicas…
Todo lo disputa, mucho lo gana. Convierte en sencillo lo difícil, y en posible lo inalcanzable… he ahí su magia. La que a veces nos hace olvidar que también él es humano, y que como humano que es, también falla.
Por ello su palmarés, aunque brillante, no haga justicia, acaso, a su estratosférica clase, al enorme potencial de unas piernas privilegiadas. Descuidos, nervios, elecciones de calendario cuestionadas, lecturas de carrera equivocadas….

Muchos debates habrá además sobre lo que hubiera logrado de dedicarse sólo a las clásicas; de no haberse centrado tanto en alcanzar el podio de la ronda gala; de haber tenido mayor ambición por la victoria, o de no haber peleado las generales de las grandes vueltas por etapas.
“He ganado mucho así, y los rivales también corren…” – replica siempre el murciano, que no se imagina ponerse el dorsal sin implicarse en la batalla.

Y en todo su largo camino, también una mácula: la de verse en el centro de una Operación Puerto que durante mucho tiempo le inquietó. Le descentraba. Una enorme losa que coartaba la amplitud de una sonrisa resignada. Un peso del que se sintió eximido tras una sanción diferida, tras un castigo que le devolvió a una alegría sincera, liberada. En enero de 2012, y tras veinte meses de inactividad, reaparecía con triunfo en el Tour Down Under, en tierras australianas.

“Porque cuando se es un campeón, nunca se deja de serlo” – clamaba entonces Arrieta, su director en aquella carrera.
Y Valverde lo es desde que empezó a dar pedales; cuando incluso un chiquillo contra el que compitió siendo niño le pidiera un autógrafo. “Porque tú vas a ser profesional, y de los buenos” – le auguró aquel joven. Y Alejandro, desconcertado, le contestaba que él no era nadie, mientras estampaba su rúbrica, aún estupefacto, en el dorso de un viejo décimo de lotería.
Por ello le admiramos los que hemos crecido al amparo de sus victorias. Porque ser seguidor suyo es un continuo regalo. Porque nos hace sentir privilegiados, sabiéndonos coetáneos de un ciclista único. De los que ya no quedan; de los que, tal vez, nunca más se vean.
Le admiran también los jóvenes corredores que, como Alaphilippe, sueñan con poder derrocarle antes de su retirada. Y le toman como ejemplo los que, aun bisoños, aspiran a seguir su estela.  Le quieren sus compañeros, por su amabilidad y generosidad como líder. Por nunca fallarles. Por sus pequeños gestos, como privarse de tiempo de su masaje para que lo reciban ellos. Por ser uno más, y dedicarles, pase lo que pase, palabras de agradecimiento.
Le veneran los veteranos, que ven como el paso del tiempo les debilita mientras Alejandro se vuelve más fuerte y agranda año a año su leyenda. Le aprecian los que tanto han aprendido de sus triunfos y desaciertos; peleando contra él en múltiples afrentas, luchando contra su talento único y contra su envidiable genética.
Tom Boonen aseguraba no hace mucho que no hay en el pelotón mayor talento que el del Bala. Su clase innata, su versatilidad, y su inagotable forma le han dotado de esa fama.
Mas tan singular es Valverde, el ciclista, como sencillo es Alejandro, la persona. Y es que el Bala es una figura sin aires de estrella: de los que siempre se muestra amable ante periodistas y aficionados, aun cuando ansíe tanto como cualquier otro el calor del autobús, y la privacidad que otorgan sus cristales tintados. De los que es fiel a su tierra, y disfruta viviendo y entrenando en ella. De los que está comprometido con el ciclismo de un país que no siempre pondera con justicia sus méritos. De los que hace cantera. De los que no falla a sus campeonatos nacionales, ni a sus pequeñas carreras, aquellas cuya supervivencia pende de un hilo, y cuya notoriedad aumenta con su mera presencia.

Y es que en su palmarés y en sus records quedarán reflejadas sus gestas sobre la bicicleta…. pero es en su sencillez, su naturalidad y en su humanidad, donde residirá siempre su verdadera grandeza.

Imagen: Agencia EFE
Sprint Final, Virginia Barriuso (@Vicki_BT)

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