2008, aquel año mágico del ciclismo español

“¡Astana en el Tour!”. Alberto Contador vuelve su rostro hacia la cámara de televisión que le acompaña en la fuga. Señala su maillot celeste y reitera: “¡Astana en el Tour!”. Aquel grito baldío no es una súplica. Es rabia. Indignación. Dolor por un sueño que se rompe.

Tiene sólo 25 años. Ha fichado por un renovado Astana para asaltar el que podría ser su segundo Tour. El que anhela desde que meses atrás oteara los Campos Elíseos desde lo más alto del podio de París. Pero ASO, la organización de la carrera, no consentirá que esa imagen se repita. No todavía. Se acaba de conocer que a la escuadra kazaja no le permitirán estar en la salida de la ronda francesa. Pesa demasiado su pasado reciente, oscurecido por la sombra del dopaje. Y Alberto salta del pelotón. Disgustado. Contrariado. Y cuando tiene ocasión, se reivindica. Grita por fuera. Llora por dentro.

Es 13 de febrero de 2008, día en que se disputa el cuarto trofeo de la Challenge de Mallorca. La temporada ha comenzado con una mala noticia para los intereses de Alberto Contador… y para los sueños del ciclismo patrio. En la localidad de Inca, donde se inicia y concluye la jornada, se ven caras largas. Impera la frustración, la desesperanza. Nadie imagina aún lo que está por llegar. Un ciclo mágico. Irrepetible. Un año dorado: la mejor temporada de la historia para el ciclismo español.

En aquel entonces Óscar Freire era un ciclista consagrado. En su palmarés figuraban ya dos Milán-San Remo. Y cuatro medallas en campeonatos del Mundo: tres eran de oro, el cuarto arcoíris aún lo codiciaba. El cántabro tenía instinto, y talento… mucho talento. Mas nunca fue la clase de figura que el gran público anhelara en España. Y es que lo suyo eran las carreras de un día, los sprints, los mundiales, las clásicas. Escenarios que al sur de los Pirineos resultaban aún extraños, desconocidos. No para Freire, tantas veces pionero. Acostumbrado a conseguir éxitos inéditos, inalcanzados, acaso inalcanzables para tantos otros.

Aquel año, Óscar había estrenado su palmarés en Tirreno-Adriático, levantando los brazos en tres de las siete etapas. Un mes más tarde, la región de Flandes acogía como cada temporada la Gante-Wevelgem. Era aquélla una carrera de esas duras y pedregosas, dominada habitualmente por los corredores belgas; vetada históricamente para los españoles. Sólo Flecha y el propio Freire habían coqueteado con los puestos de honor de la clásica flamenca. Aquel 2008, una impecable resolución al sprint le dio la victoria al de Torrelavega. Se habían necesitado 70 ediciones para ver a un español en el primer cajón del podio. Diez años más tarde, no ha habido ningún otro que haya reconquistado tal prueba.

27 de abril de 2008. Apenas tres semanas después de Gante-Wevelgem, la atención ciclista se centra en la Lieja-Bastoña-Lieja; a la que llaman Decana, la más longeva. A falta de doscientos metros para la conclusión de la carrera, sólo tres hombres afrontan en cabeza el giro a izquierdas tras el que se divisa la línea de llegada. Uno de ellos es Franck Schleck. Un kilómetro antes, el luxemburgués se ha dirigido a otro de sus dos acompañantes, felicitando al que intuye ganador cuando aún no se ha resuelto la prueba.

A la salida de la última curva, Alejandro Valverde no duda. Arranca…. y sentencia. Ni Davide Rebellin ni el mayor de los Schleck son capaces de seguir su estela. El murciano vuela hacia una victoria que desea dedicar a su abuela recién fallecida. Franck acierta su pronóstico, y el Bala cruza en solitario la meta. Levanta ambos puños. Con alegría, con rabia, con fuerza. Es la segunda vez que vence en Lieja. Ya lo hizo dos años atrás, cambiando el rumbo de una historia que narraba que ningún español conseguía reinar en el último Monumento de la primavera.

Mas Alejandro no percibió entonces la magnitud de su logro… Pues él, que había crecido con Perico e Indurain, no soñaba aún con las clásicas, enamorado como estaba de las grandes vueltas. Tampoco sabía entonces, ni lo supo en 2008, que su reinado en las Ardenas no había hecho más que comenzar. Ni que pasados los años seguiría triunfando en territorio belga. Consiguiendo récords únicos, convirtiéndose en leyenda.

Mientras Valverde vencía su segunda Lieja, Alberto Contador se disponía a relajarse unos días en la costa gaditana. No podía ir al Tour por el veto impuesto a su equipo, un veto que la corsa rosa había adoptado también. Y entonces llegó aquella llamada, esas palabras. Aquel vuelco inesperado en el guión de su temporada. “Cambio de planes”. Era Johan Bruyneel. “Nos vamos al Giro. Y tienes que venir, porque sin tí no nos aceptan”. Restaban ocho días para el inicio de la carrera. Forzado, a contrapié, en un estado de forma que era una incógnita. Así llegaba Contador a tierras italianas. Acabó en Milán portando la maglia rosa; aguantando, sufriendo, tirando de casta. Venciendo una carrera que aún se recuerda como el Giro que conquistó recién llegado de la playa.

Unos días más tarde, entrado ya junio, el continente dirigía sus miradas a Austria y Suiza, naciones anfitrionas de una Eurocopa que acabaría ganando la selección española. Entretanto, tenía lugar en Francia el Critérium du Dauphiné Liberé; importante test en que las grandes estrellas del pelotón miden cada año sus fuerzas antes del comienzo del Tour. Valverde continuó allí su racha ganadora llevándose dos parciales y la general antes de regresar a España y conseguir su primer maillot de campeón nacional.

Pocos días después, cambiaría aquel jersey por otro más codiciado. El que le acreditaría temporalmente como líder del Tour de Francia. La ronda francesa, pese a la ausencia de Contador, comenzaba bien para los intereses españoles. Alejandro se exhibía en la meta de Plumelec, aunque sus aspiraciones para la general se terminarían diluyendo en el transcurso de la prueba. Mientras, Luis León Sánchez conseguía otro valioso triunfo parcial, y Freire, que también se llevó una etapa, afianzaba día a día su puesto como líder de la regularidad. El 27 de julio, el cántabro, otra vez pionero, se convertía en el primer español en vestir de verde en París.

No obstante, las miradas y flashes se centraban aquella jornada estival en otro hombre. Su nombre, Carlos Sastre. Su sueño, ganar el Tour de Francia. Era el abulense un corredor de estirpe ciclista, discreto, recio y pertinaz. Un deportista esforzado que confió en sí mismo cuando supo que le había llegado la hora de soñar. Y que logró embarcar al equipo en su aventura y empeño, aunque con ello contraviniera la voluntad de Bjarne Riis, director entonces del CSC.

El triunfo de Sastre en el Tour se forjó en una intachable ascensión en solitario al mítico Alpe d’Huez; sin que nadie pudiera aferrarse a su rueda en aquel pedalear infatigable sobre las famosas curvas del coloso alpino.

“Hoy hemos podido alcanzar juntos la meta a la que él quería llegar”. Confesaba el abulense poco después. Se refería al Chava, cuñado y amigo, fallecido cinco años atrás. “Su derrota fue querer ganar esta carrera”. Relataba emocionado. “Ésta ha sido la victoria de los dos”.

Con la resaca del Tour aún reciente, llegaron los Juegos Olímpicos de Pekín, en un verano de gran calado deportivo. La prueba de ciclismo en ruta era una de las primeras competiciones de aquellas olimpiadas. Paco Antequera, predecesor de José Luis de Santos y Javier Mínguez en el puesto de seleccionador nacional, había apostado por un bloque plagado de estrellas, capitaneado por Carlos Sastre.

Le acompañaban dos líderes resilientes y veloces: Óscar Freire, mermado por enfermedad, y Alejandro Valverde, que poco después del Tour había conquistado su primera Clásica a San Sebastián. Junto a ellos, Alberto Contador, que tras arrasar en Vuelta a País Vasco y Castilla y León se había hecho meses antes con su primer Giro de Italia. El quinto hombre no era otro que Samuel Sánchez, que aquel año había cosechado tan solo una etapa en la Vuelta a Asturias. No obstante, su habilidad y perspicacia le convertían en un rival peligroso, predispuesto a aprovechar el marcaje al resto de líderes.

Era media mañana en España cuando, a nueve mil kilómetros de Pekín, un pelotón diferente se disponía a disputar aquel 9 de agosto la jornada reina de la Vuelta a Burgos. Los corredores aguardaban la salida de la etapa en la explanada contigua al control de firmas, donde se encontraban también los vehículos de las diferentes escuadras. La tranquilidad reinante se transformó de pronto en murmullo, expectación y júbilo.

“¡Hemos ganado! ¡Que hemos ganado!”. Eran gritos de alegría procedentes del autobús de Euskaltel-Euskadi. Samuel Sánchez acababa de conseguir la medalla de oro en Pekín. Y entonces todos, por lejos que estuviéramos del asturiano, nos sentimos por un momento campeones olímpicos.

En aquellos Juegos de 2008, también el velódromo se convirtió en aliado del ciclismo español. Joan Llaneras contaba entonces con siete títulos mundiales y dos medallas olímpicas. A sus 39 años, el mallorquín había decidido poner punto y final a su prolífica carrera. No lo pudo hacer de mejor manera. Una semana después de que Samuel hiciera lo propio, Llaneras se proclamaba campeón olímpico de puntuación. Tres días más tarde, conseguía una meritoria plata formando pareja en el madison con el también balear Toni Tauler. Entre medias, una emocionada Leire Olaberria se colgaba el bronce en puntuación en el anillo de Laoshan.

La lista de éxitos crecía. Y aún quedaban otros por llegar.

Jacques Anquetil, Eddy Merckx, Felice Gimondi, Bernard Hinault. Hasta 2008, sólo cuatro hombres, cuatro leyendas, habían conseguido conquistar las tres grandes. Ni siquiera Indurain lo había logrado.

Alberto Contador, a escasos meses de cumplir los 26, se presentaba en la salida de aquella Vuelta con una clara ambición: lograr la triple corona. Unirse a ese selecto club al que sólo los más grandes pertenecían.

Las montañas pirenaicas no ofrecieron dureza suficiente para que el de Pinto marcase diferencias. Pero entonces llegó Asturias. Llegó el Angliru. La misma cima en que nueve años después nos regalaría su último triunfo como profesional. Y en esa ascensión magnética empezó a fraguar una victoria que ya nadie le podría arrebatar.

Aquella Vuelta aún se recuerda por ser la del chubasquero de Valverde, la de la consagración de Van Avermaet, o la de las polémicas en torno a las bonificaciones. Mas sobre todo la recordaremos por ser la carrera que cerró un ciclo de éxitos sin precedentes. Un año soñado que nadie presagiaba siete meses atrás, cuando recién iniciada la temporada Contador reivindicaba en Mallorca la inocencia de Astana.

El broche de aquella campaña lo pondría como siempre el Campeonato del Mundo, celebrado ante el entregado público de Varese, región natal del recordado Alfredo Binda. Aquel Mundial le sería esquivo a los intereses españoles, que sucumbieron a la estrategia italiana. Tampoco Iván Gutiérrez, ganador ese año del Eneco Tour, pudo imponer su calidad en la prueba contrarreloj. Mejores noticias habían llegado tres meses antes del Mundial de BTT, también disputado en Italia. En Val di Sole, Marga Fullana había sumado su tercer arcoíris individual, y Rafael Álvarez de Lara había hecho historia al convertirse en el primer español en llevarse el oro en 4X.

Al término de 2008, Alberto Contador era galardonado con el Vélo D’Or. Valverde, por su parte, repetía como número 1 del UCI Protour, convirtiéndose en doble ganador del ranking mundial, que ya había encabezado en 2006. Su escuadra, Caisse d’Epargne, acabaría como mejor equipo del año, y España como mejor nación.

Mas no todo era tan perfecto como los resultados deportivos reflejaban. Pese a que la calidad y logros de los corredores españoles parecían demostrar lo contrario, la salud de nuestro ciclismo no atravesaba en aquella época sus mejores momentos. Hacía tiempo que la exclusividad del Protour amenazaba la supervivencia de carreras y equipos; los cimientos del ciclismo base se tambaleaban. Y la Operación Puerto proyectaba aún su sombra de sospechas sobre un pelotón de por sí diezmado. La incipiente crisis económica haría después el resto, añadiendo más piedras a un camino que diez años más tarde aún dista de retornar a sendas de mayor esplendor.

Aun con todo, aquellas penurias quedaron eclipsadas por la magnitud de los éxitos conseguidos. Y pasada ya una década, perdura en nuestro recuerdo aquel 2008 único. Aquel año irrepetible en que el ciclismo español nos hizo soñar.

Imagen destacada: Franck Robichon / EFE
Sprint Final, Virginia Barriuso (@Vicki_BT)

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